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¿Por qué es importante controlar el material particulado en un centro sanitario?
La mayor parte de la contaminación microbiológica se asocia con partículas no viables en el aire.
No todas las infecciones hospitalarias se transmiten por contacto. Un número significativo de ellas, y a menudo las más difíciles de controlar, tienen su origen en el aire que respiramos.
Patógenos responsables de enfermedades como la tuberculosis, la legionelosis o las infecciones por hongos como el Aspergillus se propagan a través de bioaerosoles: minúsculas partículas de origen biológico que pueden permanecer suspendidas en el aire durante largos periodos y recorrer grandes distancias. En un entorno cerrado y con una alta concentración de personas vulnerables como es un hospital, el control de estos bioaerosoles se convierte en una prioridad absoluta.
El diseño y mantenimiento de los sistemas de ventilación y climatización (HVAC) son la primera línea de defensa contra la transmisión aérea. En áreas críticas, es imprescindible contar con sistemas que no solo renueven el aire, sino que lo limpien eficazmente. Esto se consigue mediante el uso de filtros de alta eficiencia HEPA (High-Efficiency Particulate Air), capaces de retener más del 99,97% de las partículas del tamaño de los microorganismos. Además, la gestión de las presiones diferenciales es fundamental: las salas de pacientes infecciosos deben tener presión negativa para que el aire no escape, mientras que los quirófanos o las salas de inmunodeprimidos deben tener presión positiva para que no entre aire del exterior.
Sin embargo, la mejor de las instalaciones puede fallar. Por ello, la monitorización continua de la calidad del aire es el complemento indispensable a una buena infraestructura. Medir en tiempo real la concentración de partículas en suspensión de diferentes tamaños permite inferir la carga de bioaerosoles y evaluar el correcto funcionamiento de los filtros HEPA.
Asimismo, el control constante de la presión, la humedad y la temperatura asegura que las condiciones ambientales sean las óptimas para minimizar la supervivencia y proliferación de patógenos. Esta vigilancia activa transforma la gestión de la calidad del aire de un proceso pasivo a una estrategia de defensa dinámica y en tiempo real contra las infecciones nosocomiales.