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¿Por qué es necesario controlar la calidad del aire en el interior de los museos?

Proteger el arte mediante el control de la calidad del aire interior

Los museos son los custodios de nuestra historia y patrimonio cultural, instituciones dedicadas a preservar obras de arte y artefactos irremplazables para las generaciones futuras. En esta misión, los conservadores luchan contra el tiempo, la luz y otros factores de degradación. Sin embargo, uno de los enemigos más implacables y persistentes es invisible: la propia atmósfera que rodea a las piezas. Una mala calidad del aire interior puede causar daños lentos, acumulativos e irreversibles, convirtiéndose en una amenaza directa para la supervivencia del legado que protegen.

El desafío de un museo es doble. Por un lado, debe garantizar un ambiente saludable y confortable para los miles de visitantes y el personal que lo transitan cada día, gestionando principalmente los niveles de CO₂ que se disparan con la afluencia de público. Pero, de forma aún más crítica, debe mantener un microclima perfectamente estable para la colección. Las obras de arte, compuestas por materiales orgánicos e inorgánicos sensibles como el lienzo, la madera, el papel o los pigmentos, reaccionan de forma adversa a las fluctuaciones ambientales.

El principal factor a controlar es la humedad relativa. Variaciones bruscas provocan que los materiales higroscópicos (que absorben humedad) se expandan y contraigan, causando tensiones físicas que resultan en grietas, deformaciones y desprendimientos de las capas de pintura. Un exceso de humedad, por otro lado, es la condición perfecta para el desarrollo de moho y reacciones químicas que degradan los materiales de forma irreversible. A la humedad se suman los contaminantes químicos, como los gases corrosivos (dióxido de azufre y óxidos de nitrógeno) procedentes del tráfico exterior, que pueden provocar la decoloración de los pigmentos y la acidificación de los soportes. Las partículas en suspensión (PM), a su vez, se depositan sobre las superficies, causando abrasión y un ensuciamiento que es muy difícil y arriesgado de eliminar.

En este contexto, la conservación preventiva moderna se basa en la monitorización continua. La instalación de sensores de alta precisión que midan en tiempo real la temperatura, la humedad relativa, los gases y las partículas es la única forma de conocer el estado real del ambiente. Estos datos permiten a los conservadores y gestores del edificio tomar decisiones informadas, ajustar los sistemas de climatización (HVAC) de forma precisa y actuar antes de que el daño ocurra, convirtiendo la tecnología en el guardián silencioso que garantiza que el arte perdure en el tiempo.

Información

  • C. de los Reyes Católicos, 6, 28108 Alcobendas, Madrid, Spain
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